Cuando se acercaba mi decimoséptimo cumpleaños como ya habían hecho mis amigos antes, quería invitarles al cine. Una celebración por todo lo alto en la que les pagaría unas entradas y palomitas. Llevaba meses esperando el momento, lo tenía todo pensado, planificado.
La película era lo más importante, nunca tenía la oportunidad de que viesen lo que yo quería. Mi gusto por el género de terror solía dejarme muy solo. Habitualmente lo sometíamos a votación, y la verdad es que casi nunca ganaba. Pero esta vez sería distinto: 1408 de Jonh Cusack, miedo en estado puro. Aquello sí que prometía.
Aparte de la película el plan se extendía por varios puntos: Sentarme junto a Sonia Quintero (la chica más guapa de clase), pedir palomitas saladas (que siguen siendo mis favoritas) y sé que un montón de cosas más que ahora ya no recuerdo.
Por desgracia tan solo unos días antes de que ocurriese inesperadamente mis padres se divorciaron. Cuando mi madre ganó la custodia y nos mudamos a otra casa, las cosas resultaron difíciles. El sueldo que ella ganaba apenas pagaba facturas y mis esfuerzos como fontanero tampoco ayudaban mucho. Aun así, logramos salir adelante. Nunca nos permitimos rendirnos y precisamente por eso ideé un nuevo plan de cumpleaños.
Lo que yo de veras quería era pasar mucho miedo y en lo referente a Sonia Quintero todavía podía invitarla. Alquilé otra peli de miedo, La invasión de los ladrones de cuerpos, y con todo el valor que encontré, invité a Sonia a venir a mi casa.
Todo parecía perfecto. No como el perfecto de antes, pero siempre he creído en varios grados de perfección.
La noche del gran día no podía ni tenerme en pie. Lo único que se podía salvar de mi estampa era una nerviosa sonrisa. Aun así allí estaba, horteramente trajeado esperando en el portal de Sonia. Dos horas, ese fue el tiempo que tarde en darme cuenta de que jamás aprecería. Desde entonces, jamás volví a verla. Plantado. Me sentí la persona más estúpida del planeta.
Prometí no volver a hablar con ninguna otra chica en lo que me quedara de vida. Pero entonces la vi. La vecina de Sonia me había estado observando desde su ventana. Me empecé a poner muy nervioso. ¡Todavía seguía llorando! ¿Era esa la clase de pringado que quería mostrar a las chicas? Entonces, cuando todavía me limpiaba la cara, chilló:
- ¡Eh tú! No llores tanto ¿acaso se mea en mi cara?
Sus mejillas se sonrojaron y con una mano se tapo la boca. No necesité más para darme cuenta. Estaba a punto de incumplir la promesa.
Tardó poco en salir de su casa para explicarme el malentendido. Ella quería decir: ¡Eh tu! no llores tanto ¿acaso tan fea es mi cara? Pero entonces le salió aquello. Desde entonces, cada vez que estoy enfermo, tenga tos, fiebre o simplemente me dé un golpe con la maldita puerta del baño, Saray me mira y me dice: ¡Eh tu! No llores tanto ¿acaso se mea en mi cara?
Y todo el malestar desaparece por un momento.
Ahora estoy en urgencias. Ingresado. Tumbado junto a una silla de ruedas.
¿Sabéis que es lo que Saray dijo cuando vino a buscarme?
-¿Alex te encuentras bien? Es entonces cuando me he asustado.
miércoles, 30 de enero de 2013
¿Donde estoy?
Al principio creí que era solo la gente, el ambiente, que algo raro les había pasando. Pero ahora estoy completamente seguro de que este ya no es mi mundo, al menos, no el que yo conocía.
Pero... ¿Qué es lo que ha podido cambiarlo? ¿Quién puede ser responsable?
Es una auténtica locura pensar que una sola persona haya podido cambiarlo todo, y menos en tan poco tiempo. ¡Incluso entre varias me parece imposible!. Debe tratarse de algo mayor, superior al conocimiento humano.
Dios, empiezo a pensar como un loco. ¿Pero qué es esto si no una enorme locura? Estoy totalmente perdido, asustado. Si al menos tuviese a alguien, pero parece que estoy yo solo.
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